El que no vale, no vale

Publicado: 31/10/2022
Autor

José Manuel Infante Gómez

Columnista mitad barbateño mitad madrileño. Redactor en web deportiva trescuatrotres.com

Días de barrunto

En palabras de su autor: "Intento decir lo que pienso pensando siempre lo que digo"

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Al margen de los peces que pudiese pescar, lo que me encantó fue la inmensa sensación de tranquilidad que sentía en aquella pequeña barca...
Me parecía realmente admirable. Eso de meterse en la boca un trozo de pescado (da igual cual fuese) y sacar luego las espinas con esa facilidad que tenían los marineros era, para mí, casi un truco de magia. Sobre todo, por el pánico que me producía imaginar una de esas pequeñas flechas que forman parte de los peces clavada en mi garganta. Quizá por eso solo me gusta comer boquerones, sardinas o lenguados, aunque no le hago ascos a la morena o el cazón. Estaba claro que por la vía gastronómica no podría alcanzar a ser considerado un marinero.

Pero había otras asignaturas bastante más difíciles, como la de saber distinguir los barcos por su casco o la composición de sus mástiles. Aprobar esa materia me parecía una auténtica utopía, ya que existían verdaderos maestros en este arte. Lo máximo que conseguí fue conocer, a duras penas, los barcos donde trabajaban mis hermanos. Por lo tanto, tuve que buscar otras alternativas. Así que decidí meterme de lleno en el mundo de la pesca desde tierra firme.

Lo intenté primero en la playa, pero allí no picaban ni los mosquitos, así que probé suerte en el río. Allí, junto a la lonja vieja, que entonces no podía imaginar la hermosa edificación en la que se transformaría años más tarde, las noches se animaban con los relatos de terror que escuchábamos en la radio. Pero debe ser que los lenguados también se asustaban y evitaban completamente acercarse a mi anzuelo, aunque pusiese jamón de pata negra.

Pero no me rendí y salí a la mar en el “Carmelita Mari”, una pequeña lancha propiedad de unos buenos amigos. Allí, rodeado de agua por todas partes, sentí como, por primera vez, al otro lado del sedal, unos pequeños tirones me avisaban de que, si elegía el momento oportuno para tirar, podría, por fin, estrenarme como pescador. Al margen de los peces que pudiese pescar, lo que me encantó fue la inmensa sensación de tranquilidad que sentía en aquella pequeña barca.

Mi carrera como pescador acabó poco después, cuando capturé un pez araña que se vengó clavándome su aguijón en la pierna. Lo que sí se creó entonces fue un vínculo eterno con el mar, al que saludo sonriendo cada vez que me reencuentro con él.

A pesar de la brevedad de mi experiencia, acabé completamente convencido de que yo no era merecedor de considerarme pescador, ya que ese título solo pueden portarlo los que con él adquieren la capacidad de convertirse en héroes.

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